todas las tardes el bufón Antonello dejaba el gran palacio de ónix verde y recorría la ciudad para entregarle una flor, siempre distinta, a la hermosa Gioia, muchacha humilde pero arrogante que, inevitablemente, destrozaba el obsequio pétalo por pétalo con una sonrisa triste, diciéndole; "nunca te amare, nunca..." Lo dejaba y corría con su amigas que , en el fondo del jardín, la esperaban tejiendo y bordando pañuelos.
"yo soy una princesa" decía, reanudando su labor y experimentando un agudo placer al burlarse del bufón. Mientras m{as crueles eran sus sarcasmos, mas rojas se ponían sus mejillas. Las frases. elaboradas con un lenguaje fastuoso y extraño, eran como agujas de oro que la linda muchacha hundía en lo más sensible del espíritu enamorado de su pretendiente, pues sabía muy bien que tras los arbustos llenos de violetas y de margaritas Antonello las escuchaba y hasta lograba vislumbrarla entre las hojas, ávido y mas enamorado que nunca. sus amigas. hermosas y frívolas como ella, la secundaban en sus caprichos, divertidas al saberse, también, oídas y escrutadas, y aprovechando la ocasión para ejercer sus impiedades mas secretas en el enfermizo Antonello.
"Si se atreviera a dirigirme la palabra, decía una beldad de cabellos negros, le cruzaría el ridículo rostro con la cadena de mi perro, llamándolo enano insolente,"
Las risas cristalinas de las muchachas fluyeron con naturalidad sabiendo que ni el perro ni la cadena existían,.
Yo, decía otra, una pelirroja de boca sensual – yo lo convertiría en mi esclavo para obedeciera cada uno de mis caprichos”.
Antonello lloraba y en sus lágrimas se mezclaban la amargura de la impotencia y un extraño placer. Antonello creía que ello era una aberración de su alma abyecta, y sin embargo, al dejar su escondite y volver al palacio para ejecutar sus viles piruetas ante la reina, sabía que a la tarde siguiente acudiría a su dolorosa cita con Gioia.
Y así fue, durante semanas. Gioia, enardecida por la fidelidad del rechazado, condimentaba sus burlas con relatos que mataba de celos al bufón, cuyo amor crecía monstruosamente al sentir como las ligaduras que laceraban su alma de siervo eran apretadas un poco más, cada tarde, por las encantadoras manos de su Dulcinea y sus compañeras.
Una tarde en que había obsequiado un girasol a Gioia, Antonello tembló cuando la muchacha, con la misma sonrisa triste y luego de colocarse la flor en su corpiño, se inclino para besarlo.
Sus labios recibieron el primer beso casi sin sentirlo, de tan emocionado que estaba, el segundo fue mejor, y el tercero, mientras envalentonaba sus manos, que se atrevían por primera vez a explorar las solidas piernas y las hermosas nalgas que ocultaba la falda azul de Gioia, sirvió también para disipar sus naturales sospechas, su miedo a caer en una trampa.
“Seré tuya, dijo de pronto la muchacha, con la condición de que juegues a mi juego”.
“¿tu juego?” interrogo el bufón, pensando que ya habi8an jugado demasiado, por toda respuesta, la muchacha lo tomó de la mano y lo condujo al fondo del jardín, que aquella tarde estaba vacío, … vacio con la excepción de unas ligaduras de cáñamo, delgadas y húmedas, con las que Gioia procedió a atar a su flamante galán.
Antonello era un muñeco en las manos de una niña soberana, que elaboraba nudos de un refinamiento absoluto, inmisericorde, con unas manos delicadísimas que sin embargo eran firmes y avasalladoras.
Por fin terminó. Antonello se hallaba en una posición tan dolorosa que se preguntó: “¿acaso pretende matarme de felicidad?”.
Las ligaduras le apretaban por todos lados, Gioia retrocedió para admirar su obra, con ojos que la fascinación volvían pozo verdes sin fondo. Luego, se acerco a el y comenzó, primero suavemente y luego con ahincó, a arañar la carne entre ligaduras, y sus largas uñas se tiñeron de rojo.
Para Antonello eso era un suplicio exquisito, pues no solo se convertían en realidad las ligaduras que antes habían sido meramente simbólicas: Gioia le sacaba la sangre y después, como para superar sus sueños, aplicaba los labios carnosos y rojos en la herida y chupaba, suspirando.
Pasaron muchos minutos de éxtasis, y de repente el bufón se dio cuenta de que algo había cambiado en la muchacha; el rostro de Gioia era distinto… sus dientes parecían afilarse como los de un animal… y unos vellos repugnantes le crecían por los brazos, por el cuello, por la cara, vellos que iban convirtiéndose—horror supremo—en rígidas y negras cerdas ante cuyo contacto se sintió morir…
Aquello ya no era una muchacha: era una loba, una loba de hocico babeante que pronto sustituiría las garras que lo torturaban por colmillos para devorarlo…
Mudo de espanto, pudo ver antes de perder el sentido, como aparecía, en una de las ventanas de la casa de Gioia, el rostro sonriente de un enorme murciélago.