lunes, 13 de agosto de 2012
La Bruja (Daniel Herrán Monge)
Sobre el caldero
se inclinaba la Bruja,
agitando un salero
y removiendo burbujas.
Trabajaba en un elixir,
con algún maléfico fin,
Probando su sabor
de su negro cucharón.
Las paredes de su cueva,
engaladas de pieles oscuras,
iluminadas por la luna nueva,
emanaban un brillo de amargura.
Triste Bruja,
temida y odiada.
Eres ignorada,
perseguida y marginada.
La humanidad te dio la espalda,
tratándote a golpes de espada,
olvidando que, como ellos,
tú también eres humana.
En relatos de terror te pintaron,
con paleta de imaginación.
Cuentos que dieron por ciertos,
como si fuesen la luz del Sol.
Acusada de comer niños,
lanzar malvados hechizos,
seducir fieles maridos con guiños,
y volver los cultivos enfermizos.
Triste Bruja,
amiga forzosa de la soledad,
el silencio te embruja,
y culpas de tu mal a tu deidad
EL SÓTANO (ABRAXAS)
Bajó al sótano con la idea de limpiarlo y encontró a esa mujer desconocida llorando. Tras unos segundos de pánico, se acercó y la abrazó. Ella lloró con más desasosiego aún y él unió sus propias lágrimas a las que corrían por las mejillas de la mujer, quien, con asombro, le preguntó:
-¿Por qué lloras tú?
-Lloro por tu dolor, que ahora es el mío.
Permanecieron de esta manera abrazados varios minutos, hasta que él percibió a unos metros a cinco ancianas plañideras, vestidas de negro, que hacían eco de las lamentaciones de ella.
-¡Qué pena tan inmensa! -dijo la mujer
-¡Qué pena tan inmensa! -repitieron las plañideras.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -siguió la mujer.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -repitieron las plañideras.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
La mujer se separó del hombre y comenzó a subir las escaleras con mucho esfuerzo, hasta permanecer varias horas en la planta baja, agotada. Desde el sótano se oían las quejas del hombre:
-¿Y ahora, qué hago aquí?
-¿Y ahora, qué hago aquí? -dijeron las ancianas.
-¿Por qué lloras tú?
-Lloro por tu dolor, que ahora es el mío.
Permanecieron de esta manera abrazados varios minutos, hasta que él percibió a unos metros a cinco ancianas plañideras, vestidas de negro, que hacían eco de las lamentaciones de ella.
-¡Qué pena tan inmensa! -dijo la mujer
-¡Qué pena tan inmensa! -repitieron las plañideras.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -siguió la mujer.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -repitieron las plañideras.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
La mujer se separó del hombre y comenzó a subir las escaleras con mucho esfuerzo, hasta permanecer varias horas en la planta baja, agotada. Desde el sótano se oían las quejas del hombre:
-¿Y ahora, qué hago aquí?
-¿Y ahora, qué hago aquí? -dijeron las ancianas.
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