Me acuerdo de una mujer de toquilla negra y pelo blanco recogido en un moño que se había vuelto loca y todas las tardes, al filo del anochecer, bajaba por la calle del Pozo a pasos muy cortos muy cerca de la pared y robaba un adoquin de la obra que estaban haciendo en la Casa de las Torres y se volvía llevándolo escondido bajo la toquilla como sí llevara un gato, sonriendo, queriendo disimular, murmurando, como hablándole al adoquín, al gato inventado, al niño que decían que se le murió cuando era joven.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
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