miércoles, 30 de septiembre de 2009

mantis (emiliano gonzalez)

todas las tardes el bufón Antonello dejaba el gran palacio de ónix verde y recorría la ciudad para entregarle una flor, siempre distinta, a la hermosa Gioia, muchacha humilde pero arrogante que, inevitablemente, destrozaba el obsequio pétalo por pétalo con una sonrisa triste, diciéndole; "nunca te amare, nunca..." Lo dejaba y corría con su amigas que , en el fondo del jardín, la esperaban tejiendo y bordando pañuelos.

"yo soy una princesa" decía, reanudando su labor y experimentando un agudo placer al burlarse del bufón. Mientras m{as crueles eran sus sarcasmos, mas rojas se ponían sus mejillas. Las frases. elaboradas con un lenguaje fastuoso y extraño, eran como agujas de oro que la linda muchacha hundía en lo más sensible del espíritu enamorado de su pretendiente, pues sabía muy bien que tras los arbustos llenos de violetas y de margaritas Antonello las escuchaba y hasta lograba vislumbrarla entre las hojas, ávido y mas enamorado que nunca. sus amigas. hermosas y frívolas como ella, la secundaban en sus caprichos, divertidas al saberse, también, oídas y escrutadas, y aprovechando la ocasión para ejercer sus impiedades mas secretas en el enfermizo Antonello.

"Si se atreviera a dirigirme la palabra, decía una beldad de cabellos negros, le cruzaría el ridículo rostro con la cadena de mi perro, llamándolo enano insolente,"

Las risas cristalinas de las muchachas fluyeron con naturalidad sabiendo que ni el perro ni la cadena existían,.

Yo, decía otra, una pelirroja de boca sensual – yo lo convertiría en mi esclavo para obedeciera cada uno de mis caprichos”.

Antonello lloraba y en sus lágrimas se mezclaban la amargura de la impotencia y un extraño placer. Antonello creía que ello era una aberración de su alma abyecta, y sin embargo, al dejar su escondite y volver al palacio para ejecutar sus viles piruetas ante la reina, sabía que a la tarde siguiente acudiría a su dolorosa cita con Gioia.

Y así fue, durante semanas. Gioia, enardecida por la fidelidad del rechazado, condimentaba sus burlas con relatos que mataba de celos al bufón, cuyo amor crecía monstruosamente al sentir como las ligaduras que laceraban su alma de siervo eran apretadas un poco más, cada tarde, por las encantadoras manos de su Dulcinea y sus compañeras.

Una tarde en que había obsequiado un girasol a Gioia, Antonello tembló cuando la muchacha, con la misma sonrisa triste y luego de colocarse la flor en su corpiño, se inclino para besarlo.

Sus labios recibieron el primer beso casi sin sentirlo, de tan emocionado que estaba, el segundo fue mejor, y el tercero, mientras envalentonaba sus manos, que se atrevían por primera vez a explorar las solidas piernas y las hermosas nalgas que ocultaba la falda azul de Gioia, sirvió también para disipar sus naturales sospechas, su miedo a caer en una trampa.

“Seré tuya, dijo de pronto la muchacha, con la condición de que juegues a mi juego”.

“¿tu juego?” interrogo el bufón, pensando que ya habi8an jugado demasiado, por toda respuesta, la muchacha lo tomó de la mano y lo condujo al fondo del jardín, que aquella tarde estaba vacío, … vacio con la excepción de unas ligaduras de cáñamo, delgadas y húmedas, con las que Gioia procedió a atar a su flamante galán.

Antonello era un muñeco en las manos de una niña soberana, que elaboraba nudos de un refinamiento absoluto, inmisericorde, con unas manos delicadísimas que sin embargo eran firmes y avasalladoras.

Por fin terminó. Antonello se hallaba en una posición tan dolorosa que se preguntó: “¿acaso pretende matarme de felicidad?”.

Las ligaduras le apretaban por todos lados, Gioia retrocedió para admirar su obra, con ojos que la fascinación volvían pozo verdes sin fondo. Luego, se acerco a el y comenzó, primero suavemente y luego con ahincó, a arañar la carne entre ligaduras, y sus largas uñas se tiñeron de rojo.

Para Antonello eso era un suplicio exquisito, pues no solo se convertían en realidad las ligaduras que antes habían sido meramente simbólicas: Gioia le sacaba la sangre y después, como para superar sus sueños, aplicaba los labios carnosos y rojos en la herida y chupaba, suspirando.

Pasaron muchos minutos de éxtasis, y de repente el bufón se dio cuenta de que algo había cambiado en la muchacha; el rostro de Gioia era distinto… sus dientes parecían afilarse como los de un animal… y unos vellos repugnantes le crecían por los brazos, por el cuello, por la cara, vellos que iban convirtiéndose—horror supremo—en rígidas y negras cerdas ante cuyo contacto se sintió morir…

Aquello ya no era una muchacha: era una loba, una loba de hocico babeante que pronto sustituiría las garras que lo torturaban por colmillos para devorarlo…

Mudo de espanto, pudo ver antes de perder el sentido, como aparecía, en una de las ventanas de la casa de Gioia, el rostro sonriente de un enorme murciélago.

lunes, 28 de septiembre de 2009

EL VAMPIRO

—Sí—dijo el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

—¡Ah! ¡Usted me entiende—exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:

—¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!

—Óigame: Cuando yo llegué.. . allá, mi mujer...

—¿Dónde allá?—le interrumpí.

—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

—¿Qué hace? ¡Conteste!

Y yo le contesté:

—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!

Entonces se levantó un clamor:

—¡No es ella! ¡Ésa no es!

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María.

Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:

—¡Por qué! ¡Por qué!

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome. Entonces comencé a oír de todas partes:

—Murió.

—Murió aplastada.

—Murió.

—Gritó.

—Gritó una sola vez.

—Yo sentí que gritaba.

—Yo también.

—Murió.

—La mujer de él murió aplastada.

—¡Por todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.

A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.

Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!

En el hueco de una puerta—carbón y agujero, nada más—estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.

¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!

La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!

—¡Rebuscador de cadáveres!—repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el

cementerio!

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.

—¡Conque sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!

No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .

—¿Anoche? —exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los locos?

—¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.


HORACIO QUIROGA

huida

La vio en la distancia, pero no la reconoció; aún así se puso a

correr en dirección contraria sin saber por qué lo hacía. "Debo de

estar loco", pensó. Cuando, agotado, detuvo su huida, miró hacia

atrás con aprensión, y viò, aún más cerca que antes, a la pálida

figura enlutada que extendía su huesuda mano hacia él.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Y no estaba borracho

La luna era azul, azul eléctrico creo que le dicen a ese tono de azul intenso, refulgente, casi como el sol, bueno, no tanto, porque se podían apreciar las estrellas y porque no lastimaba la vista, pensé que esta luna seria ideal para iluminar el caribe nocturno, creo que seria la combinación ideal para las aguas turquesas y las arenas blancas, pero no era el caribe, sino el pacifico y la costa era un amontonamiento de rocas y acantilados, solo una que otra playita oscura escondida entre las rocas, y olas oscuras de ribetes blancos azotando la costa, el mar embravecido parecía no atemorizarle aunque las olas salpicaban el alto peñasco donde ella con una mirada perdida contemplaba el horizonte, la luna era azul pero su luz como siempre era blanca, blanca como su largo vestido, y su larga y húmeda cabellera era negra, imbuido por la curiosidad me acerque a ella y le pregunte su nombre, volteo a verme y vi que sus ojos eran del color de la luna, lapislázuli sobre porcelana, y su vos era un trino de pájaros con un fondo de tormenta que no pude descifrar, era bella, infinitamente bella y su piel se adivinaba tersa y suave, me pregunte si seria calida y extendí mi mano para tocarla pero no la alcance, se lanzo al mar y alcance a escuchar el chapoteo del agua cuando se zambullo en ella, por eso yo si creo que las sirenas existen, aunque no le vi la cola de pez ni tenia los pechos al aire se que era una de ellas y que tengo la suerte de ser uno de los pocos mortales que las han visto aunque todos digan que estoy loco y nadie me crea...

Dicen (Felipe Garrido)

Dicen que lo mira a uno con ojos negros de deseo. Que es morena, de labios gruesos, color de sangre. Que lleva el cabello suelto hasta la cintura.
Dicen que uno tropieza con ella de noche, en los andenes del metro, en alguna estación casi vacía. Que al pasar se vuelve apenas para mirar de soslayo. que deja en el aire un perfume de prímulas. Que viste blusas de colores vivos y pantalones ajustados, que calza zapatos de tacón alto.
Dicen que camina echando al frente los muslos, con la cabeza erguida. Que quiebra la cintura como si fuera bailando.
Dicen que uno debería de estar prevenido, porque no hace ruido al caminar. que sin embargo, lo habitual es sucumbir. Seguirla a la calle. Subir tras ella las escaleras.
Dicen que afuera camina mas despacio. Que se detiene en un rincón oscuro. Que no hace falta cruzar palabra. Que no pregunta nada; que no explica nada.
Dicen que la metamorfosis es dolora e instantánea. Que por eso en algunas estaciones del metro hay tantos y tantos perros vagando con la mirada triste, todavia no acostumbrados a su nueva condición.

La conciencia (Eduardo Galeano)

Cuando bajaban las aguas del Orinoco, la piraguas traìan a los caribes con sus hachas de guerra.
Nadie podía con los hijos del jaguar. arrasaban las aldeas y hacian flautas con los huesos de sus victimas.
A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de sus propios corazones.
Èl los esperaba, escondido en los troncos. Èl les rompía los puentes y les colocaba al paso las lianas enredadas que les hacían tropezar. Viajaba de noche; para despistarlos;pisaba al revés; Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de la araña. Èl los derribaba soplando, les metía la fiebre por la oreja y les robaba la sombra.
No era el dolor pero dolía. No era la muerte pero mataba. Se llamaba Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos.