Bajó al sótano con la idea de limpiarlo y encontró a esa mujer desconocida llorando. Tras unos segundos de pánico, se acercó y la abrazó. Ella lloró con más desasosiego aún y él unió sus propias lágrimas a las que corrían por las mejillas de la mujer, quien, con asombro, le preguntó:
-¿Por qué lloras tú?
-Lloro por tu dolor, que ahora es el mío.
Permanecieron de esta manera abrazados varios minutos, hasta que él percibió a unos metros a cinco ancianas plañideras, vestidas de negro, que hacían eco de las lamentaciones de ella.
-¡Qué pena tan inmensa! -dijo la mujer
-¡Qué pena tan inmensa! -repitieron las plañideras.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -siguió la mujer.
-¿Por qué me ocurren estas cosas? -repitieron las plañideras.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
-Estoy harta ya de tanto lamento.
La mujer se separó del hombre y comenzó a subir las escaleras con mucho esfuerzo, hasta permanecer varias horas en la planta baja, agotada. Desde el sótano se oían las quejas del hombre:
-¿Y ahora, qué hago aquí?
-¿Y ahora, qué hago aquí? -dijeron las ancianas.
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